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Tiene el color del vientre habitado por primera vez y la espera amorosa de la primogénita, trenzada con la mirada preñada de vida a su padre. Horas de tranquilidad.

Hilos con olor a jazmín, higuera y noche plagada de estrellas.

Pelos de perro y lágrimas de muerte, para lo cuál elegí lana de consuelo mezclada con vino tinto, lluvia y frío.

Tomándole la medida encima de la cama, la teñimos de amor turquesa, amarillo y rosa, mientras mis pechos anunciaban que mi cuerpo estaba habitado de nuevo. Siempre quise otra hija. Naranjas y un buchito de Mistela para celebrarlo.

Estuvo años de reposo guardada en un arcón mientras vivíamos.

Se ha mudado tantas veces como yo, conmigo y alguna vez nos tapó inacabada.

Huele a tabaco, ron y perfume de mujer.

Cuando la contemplo extendida trato de adivinar en qué momento de mi vida combiné el marrón, con el amarillo y el lila.

Hice nudos incomprensibles y la arrastré por la orilla de la playa deambulando sin tino; granos de arena y sal mientras cosía  la última parte y cuadros enormes de chocolate negro, derritiéndose en el calor de mi boca para saciar mi alma.

Entonces elegí los ovillos del final, buscando en mi interior para usar primero los desmadejados y acabar de una vez con ellos. Nos llevaría de vuelta a casa.

Echando atrás los días a base de aguja e hilos de colores, escogí el blanco para terminarla, mientras mi cuerpo, que ya tenía impresas las dificultades y las decepciones, se arrastraba cansado. Lana blanca de luz para ver en la oscuridad, eso fue lo que me dije en la última puntada.

Le di la vuelta, como a las cosas de la vida, para rematarla, que no quedara un cabo suelto. 

Cuando acabé le dibujé alas para no rendirme nunca y, de vez en cuando, poder tocar el cielo.