Seleccionar página

Mi madre se sentaba siempre en la misma esquina a tomar café esperando a alguien. Su mirada había cambiado, me veía llegar a lo lejos y disimulaba. Era una mujer fuerte y esa misma fuerza con el tiempo, se apoderó de ella eliminando cualquier atisbo de ternura. Llevaba una ceja pintada más fuerte que la otra y un manchón de sombra de ojos en cada párpado.

Había resucitado a los padres, la casa de la infancia y la tienda de la esquina; los trajes de juventud que su madre le cosía y cinco días sin verse con él cuando eran novios.

A Miss Daisy, así me gustaba llamarla, le encantaba pasear en coche. Los días que no le apetecía caminar le daba una vuelta conduciendo, de Las Palmas al Puerto despacio, para que disfrutara de todo lo que veía y de la música. Movía una mano al compás y canturreaba, luego de vez en cuando me decía: “qué bonita esta canción ¿verdad?”

Si entraba el sol por la ventana se quedaba dormida y yo imaginaba cómo se sentía, la tranquilidad del instante.

A veces me daban ganas de abrazarla y otras de gritar que no podía más, que no quería que me arrastrase en ese remolino de vaivenes y sin embargo, me moría de pena por ella.

Querida Miss Daisy, te extraño, te pienso y te quiero. Pondré siempre tu canción favorita.