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En mi barrio la vida es diferente: barcas de pesca, chalanas, estibadores y tiendas de aceite y vinagre. Huele a sal y a café recién hecho.

Las calles suben empinadas, dejando a ambos lados una hilera de casas terreras de colores. Desde arriba, a vista de pájaro, se divisa la playa como si se exhibiera, espléndida.

A las chiquillas les gustaba venir a casa, pero mi padre pensaba que esos niños afeminados, a los que llamaba de otra manera, eran una mala influencia para nosotras. Mi madre nos levantaba temprano para poner la comida al fuego y si estaban cuando mi padre llegaba, nos apresurábamos a esconderlas en la tina, para que no las encontrara.

Rompía el hechizo femenino, las risas desmedidas bebiendo café en la cocina, mientras nos contábamos amores, estrategias, fracasos y picardías.

Cuando llega el calor del verano, los vecinos nos sentamos al atardecer en la calle con las puertas abiertas, para que se vea, se oiga y se huela lo que somos.

Andamana, la última reina de Gran Canaria, la joven harimaguada, dio nombre a la calle que estratégicamente situada a la salida del Puerto, albergaba a las mujeres que fumaban apostadas en las puertas de las casas, esperando a los marineros del mundo que tomaban tierra y vida aquí, buscando el sosiego en la barra de un bar y en el cuerpo de una mujer.